Concurso Regional – 2011

Concurso literario para secundario superior

1er premio –Escuela Nacional Ernesto Sábato  – Tandil

DIEZ AÑOS EN UN CAFÉ…

 

“…Aquel que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte.”

 

Mujer de ojos negros que te alejas con la bondad… De aquí en más yo he de pensar que la vida no es más que muerte; una muerte constante si es de mi anhelo expresarme mejor. Un hombre rodeado de cuerpos que embeben sus labios en tibias tazas de café, ve a la dama de cabellos largos y ambarados dar la vuelta con ignorancia (por no percibir mi tristeza), con dudas (por no saber si volver), con recelo. Y un nudo de sentimientos parece llegar a la garganta de este infortunado que apenas entiende. Pero con lágrimas en los ojos toma una decisión y tal vez la más difícil; la de no llorar.

 

¿Llorar!? ¿Yo… que he sido el ejemplo de mis hermanos? ¿Yo, que con largas horas de escenas me dispuse a actuar y no llevar la fantasía a la realidad? ¿Cómo podría hoy mi orgullo reconocer que esos besos me han ganado y que aquella pasión me ha destrozado?

 

Tal vez podría entender la distancia compartida que un día me hiciste saber que existía, y yo, ajeno a tus sentimientos supe perfectamente ignorar… ¿Es acaso este hecho una justificación para tus desfachatados actos? Si hay algo en este miserable mundo que ha de molestarme es tu inoportuno razonamiento para resolver lo que alguna vez llamé “nuestro amor”. Sí; es que si mal no recuerdo, cierta vez llegamos a amarnos… y no fue justamente las grandes peleas las que nos amarraron. Si digo esto último es porque espero que entiendas que nuestro afecto lo comencé a entender hace un tiempo como un “deber hacer” más que como un quiero, y como un “te aprecio” más que como un “te amo”. Si acaso pudieran mis labios despertar de este sueño y declarar, sólo declarar que estas palabras únicamente me sirven de consuelo al estar tan solo viéndote partir…

No es posible para mí colocarme en este momento en una situación semejante; no es parte de mi dignidad pensar en semejantes sentimientos cuando un hombre debería… debería… ¿Qué es acaso lo que un hombre debería hacer? (Maldito nudo que te instalas en mi garganta para impedirme respirar). Es que quizá la humanidad, y más específicamente un hombre, no progrese por tantas declaraciones que en algún momento hubo de realizar. Tal vez un “te amo”, tal vez un regalo y por qué no también un reclamo… Pensar en la importancia de una frase… “La Eva de mi paraíso”; de un pensamiento, “…largos cabellos dorados entrelazándose en mis dedos” y de, inevitablemente, una traición… “Harto de sobras de sobras, de besos de bocas ajenas”. Ya no se puede forzar la realidad, hay más odio que amor, hay más pena que alegría, hay más muerte que vida.

 

Creo saber que si se habla de amor, yo no soy el mejor postor, y no he dedicado mi existencia al trabajo de amar. Sin embargo por momentos he sentido una fuerte presión en mi pecho, como una mano gigante que me arrancara el corazón. En el conventillo he sentido nombrar algo parecido, se ve que acá lo llaman “mal de amores”, y la verdad es que todavía no logro comprenderlo. Entre amigos lo quise disimular pero ¡ay!, si será que llegó a oídos de uno y me vino a hablar… “Enrique, compadre, usté debe saber que el amor no é para nosotro, eso debemo dejárselo a las mujeres, que pa eso es que tienen el corazón. ¡Mejor encárgase de componer esos tangos que tan bien le salen!”. Pero si algo que estos ignorantes no saben es que un tango no nace de la garganta si no del corazón. ¿Qué tango podría componer si no hay felicidad que contar? Algunos versos tristes quedaron registrados en pocos oídos, pero la gente ya no quiere escuchar “pobreza”, las personas se cansaron del hambre, se cansaron de la traición.

“No hay obligación ni responsabilidad más linda que la de amar”… si esa frase volviera a tus labios para besarme, de seguro callarían. Y luego de diez años esperas que escriba. ¡Qué porquería! Después de tanto tiempo de bebidas en los bares, de billetes en los bolsillos, y uno se da cuenta que nada sirvió. Que un vaso no ahoga tus penas y que una mujer solo busca riquezas.

Este es el momento, ahora al fin me río después de esperar el instante en que fuera gracioso saber que me engañaste… ¿Cómo pude tanto tiempo preguntarme “Qué tendrá aquel hombre que yo todavía no he podido darte”? Pregunta habitual que la mente manipula para tenerse lástima uno mismo… ¡Si sabré yo de lástima!: “Limosna por esta calle, limosna por aquella otra… pobre niño”.

Si me pudieras ver… si tu pasado diera vuelta la cabeza y no sólo me mirara, si tus ojos penetraran mi alma; ¡ay! ¡Si encontrarían recuerdos para llenarse las manos! Vernos de chicos en el conventillo y de grandes entre besos.

Qué decepción se llevaría mi tata si me encontrara revolviendo las memorias que aramos juntos; en aquel viejo territorio… ¿no sé si te acuerdas?… se llamaba felicidad…

Me gustaría escuchar ahora sus consejos… “Quique, Quique, deja ya el palabrerío que tanto amor te dará vuelta un día”… en este momento casi puedo escucharlo con su marcado acento italiano sugiriendo que deje de escribir y trabaje más… igual que un adolescente. Y como sabes lo obediente que he sido debes predecir mi despido…

Sí, ha sido suficiente para una vida de limosnas y trabajos… Y sólo ahora envejeciendo de repente es que me animo a llorar, a romper con la promesa, y no sólo con ésta sino con todo lo que me cohibió durante años, lo que no me permitió ser libre y decidir, y principalmente con todo lo que no me dejó “saber amar”.

Querida mía ya es hora… 50 años de poesía reprimida en el corazón yacen justo en este lugar. Hace diez años te tuve en el café y te perdí. Hoy lo recuerdo. Te alejaste con la bondad y aunque pensé que te llevabas mi corazón, saqué en claro que en este momento lo cargo en mis manos. Él también envejece de repente y de a poco sus latidos son mas suaves, tenues, casi imperceptibles. Después de tanto “llorar mi muerte” uno se debe liberar…

Mara Sofía Ríos – Tandil 2011

 

2do premio –Escuela Nacional Ernesto Sábato  – Tandil

LAS MINAS NO SON NINGUNAS GILAS…

Pero gil, vos crees que a las mujeres se las engaña. Las mujeres rajan cuando están hartas de la miseria” Mateo – Cuadro I

Luego que se llevaron al viejo y lo pusieron entre rejas toda nuestra familia quedó perturbada por la noticia. La mama daba vueltas y vueltas por la pieza llorando, mientras Lucía trataba de consolarla. Chichilo y yo discutíamos sobre la estupidez que se había mandado el viejo.

A medida que pasaban los días no sabíamos qué iba a ser de nosotros, ya que mi ansiado trabajo de “chofer” no alcanzaba ni para comprar un paquete de azúcar, – así que durante algún tiempo la seguimos calotiando en el café.

Chichilo no se dignaba a buscar ni un mísero trabajo. El Densey seguía soñando despierto. Hasta que escuché una vocecita diciento muy bajito a mis espaldas: Yo voy a salir a trabajar. Me di vuelta sorprendido porque la que dijo eso era nada más y nada menos que la Lucía, la menos pensada de la familia. Cuando se lo dije al menor, me dijo sin pensarlo: “ Vos estás loco o acaso querés que se la pianten. En todo caso esa labor nos tocaría a nosotros…” Claro cuando mi vieja se enteró ya lo había agarrado de las orejas porque nos escuchó hablar sobre el asunto.

Lucía seguía insistiendo con la idea de conchabarse en la fábrica, pero todavía no le ganaba la palabra al “poderoso” Chichilo. La  vieja mirándolo fijamente le dijo: “Por qué no colgás los guantes por un tiempo y te preocupás por traer la comida a la casa” y que la vieja se lo dijera a Densey le picó.

Harto de idas y vueltas, le dije a Chichilo: – “¿No vez que lo único que quiere nuestra hermana es salir de toda miseria y ayudarnos un poco? ¿No crees que si ella también trabajara se haría más fuerte, maduraría y no se dejaría engañar por cualquier “cajetilla”? Ya te lo dije una vez: No seas gil, a las mujeres no se las engaña así nomás, es más peligroso vivir en la miseria.

Quedó… no-cau con lo que le dije, a los pocos segundos me respondió: “-La verdad, tenés razón vos, yo no quiero ver a Lucí en manos de un cajetilla”

Al otro día bien temprano, a pesar de las lágrimas de la vieja, salió Lucía a buscar trabajo. Se la pasó toda la mañana, dale que te dale, caminando, tarde y noche buscando algún trabajito para ella. Nosotros en casa esperándola a que llegue y sin saber nada. Mientras comíamos lo poco que quedaba de la semana pasada escuchamos llegar a Lucía  y apenas la vimos, notamos que estaba muy feliz. Lo primero que nos dijo fue “-Encontré trabajo”- Ocultando su orgullo y todavía con algo de miedo, nuestra mama le preguntó: -“Dónde y de qué? Lucía dijo que la habían empleado en la fábrica textil que estaba cerca de la cárcel, donde se encuentra el viejo. Y al nombrarlo nos quedamos todos mudos.

A medida que pasaban los días yo notaba que Lucía iba y venía del trabajo muy feliz. Estaba cambiada la Lucía, parecía otra. Hasta que me animé y le pregunté a qué se debía su alegría y de una me contestó. –“Es una satisfacción muy grande poder ayudar a mi familia, siento que soy útil, me hace sentir fuerte”. Y agregó – “ Conocí a un muchacho que también trabaja en la fábrica y estamos conversando… Ahora no está el viejo y vos sos el mayor…” – y me contó cómo había empezado la cosa. Sin invitación también se prendió en la historia Chichilo. Como siempre él empezó poniendo palos en la rueda, diciendo que seguramente ese era un cajetilla,  pero luego supo entender por lo que contó su hermana que nada que ver.

Lucía también dijo que el padre del futuro “candidato” era dueño de un gimnasio que queda a pocas cuadras de la fábrica, y ahí es que Chichilo pensó que esa era la gran oportunidad de pedir algún puesto de trabajo al padre de su “futuro cuñado”.

Al siguiente día Chichilo conoció a nuestro “cuñado” y a la vez al padre, y le preguntó si tenía algún trabajito para él. Ese día tuvo suerte porque justo necesitaban un sereno. Al transcurrir el tiempo el dueño del gimnasio lo dejó entrenar en los horarios de descanso para que no abandone el espíritu de boxeador que lleva dentro.

Nuestra mama está muy feliz por nosotros, ha tenido que adaptarse a los tiempos modernos. Eso sí, nunca deja de lado al viejo. Ella va a visitarlo todos los fines de semana y le cuenta lo bien que nos está yendo y de que la suerte está de nuestro lado. Pero sobre todo le dice: -“Viejo te extrañamos mucho y ojalá muy pronto nos reencontremos todos juntos y volvamos a ser una familia de nuevo”.

Marcos Ezequiel Gómez –Tandil -2011

 

3er premio –Escuela Nacional Ernesto Sábato  – Tandil

LA INSPIRACION Y LOS DISCEPOLO

“El grotesco es el arte de llegar a lo

  cómico a través de lo dramático”

 Armando Discepolo

 

Corría 1925, era una tarde lluviosa  del mes de septiembre en la ciudad porteña… aquel Buenos Aires en el que la gente ni se miraba al saludarse,  merodeaban prejuicios entre ellos, se acusaban de sus actos, y se olía un clima de fuerte desigualdad económica, donde las personas tenían una mirada discriminativa entre los  mismos sectores populares que se sentían diferentes uno de otro.                                                                                                 Aquella tarde, como todas las tardes, Armando Discépolo, ya casi cercano a los cuarenta, se encontraba en su húmedo cuarto durmiendo la siesta dentro de un profundo sueño. Su hermano Enrique, de unos catorce años menos que su hermano, se encontraba en la sala de estar en la vieja casa porteña que hace tantos años que habitaban juntos.                                                                                                                                                                   Pero esa tarde parecía distinta a todas las otras tardes, Enrique tenía la corazonada de que algo grandioso estaba por cambiarles la vida.

-Dale Armando, despertate de una buena vez!!!, vamos a escribir algo, hermano, dale! Le dijo enrique a su hermano, pero este no dio respuesta alguna..

-Dale Armando, te pasaste la tarde entera torrando, es hora de que te levantes- volvió a insistir su hermano menor. Después de pasar unos minutos, Armando, con su humor característico, se levantó luego de un tiempo de escuchar los gritos de su hermano. Tardó apenas unos minutos en despertarse completamente y se sentó alrededor de la mesa con su hermano, para escuchar sus tan urgentes propuestas.                                                                                           Enrique sabía disfrutar de todas las charlas con su hermano, cada una de ellas era única, y a pesar del humor particular que armando brindaba, su hermano admiraba con gran orgullo y honradez a su hermano.

Estuvieron un rato largo sentados alrededor de la mesa, sumergidos en el rojizo atardecer, Enrique le comentó a su hermano acerca de sus ganas de escribir junto a él y su corazonada. Pero mientras los hermanos Discépolo estaban aturdiéndose con charla e ideas disparadas al azar, Armando escuchó unos fuertes y violentos gritos que venían de la calle.

Se puso de pie, y casi trastabillando se asomó por la ventana, a través de ella, vio bajando de un destartalado carruaje  una grotesca familia italiana que parecía acabar de llegar a la ciudad porteña, con una gran cantidad de cajas y bolsos. Esta miserable familia, parecía estar integrada por un padre, una bellísima mujer con grandes rasgos italianos, otro hombre más los acompañaba y  tres pequeños,   se aproximaban a la casa de enfrente de estos hermanos.

Los gritos, malos tratos y violentos gruñidos, se convirtieron en el fondo sonoro  durante toda la tarde, lo que produjo una pobre y casi nula inspiración en la escritura de estos hermanos.                                                                                                                                 Por la noche de este mismo día, Armando y Enrique se encontraron con grandes dificultades para recostarse en el cuarto. Los nuevos vecinos,  la familia italiana que acababa de llegar, no sólo hablaban con tono muy elevado, sino que toda la noche se oyó una música que venía de esa misma casa.                                                                                                                                                         Luego de unas horas, pudieron por fin dormirse logrando ignorar aquellos gritos que tuvieron que oír toda la tarde y que como consecuencia distrajo e interrumpió la inspiración de escritura de estos hermanos.

Algunas mañanas, Enrique solía despertarse solo muy temprano para recorrer el humilde vecindario en el que vivió toda su vida junto a su hermano. Una vez oyó a un viejo amigo de la familia decir: -Las palabras de un relato verdadero y sincero se consiguen recordando aquellos lugares que marcaron tu vida para siempre, los cuales nunca olvidaras estés donde estés…                                           Estas palabras significaron mucho para los hermanos Discépolo, en muchos de sus grandes éxitos se percibe esta esencia verdadera, que sólo ellos conocen.

Esa fresca mañana en las que Enrique una vez mas fue a buscar la inspiración de sus obras, se encontró con  dos de los hermanos que había visto el dia anterior entrar en la casa de en frente. Capturó su atención  la forma grotesca y violenta que estos utilizaban para hablarse entre sí. Sentado en la esquina, observando el comportamiento de estos pequeños, vio que detrás de ellos se aproximaba el padre, con un organito en su mano derecha, tarareando una bella canción italiana de la época, probablemente extrañaran su tierra.                                                                                                                 El hombre rudo, llamó a Nicolás, el mayor de estos hermanos, con una seña violenta haciéndole entender que se acercase. Saverio, el padre de los tres hermanos, estaba parado con el descolorido organito entre sus manos.             A unas pocas cuadras se veía venir la única italiana adolescente que integraba esta grotesca familia, una niña muy hermosa llamada Florinda, comentándole a su padre que Anyulina, esposa de este y madre de los chicos, pedía ayuda con las tareas domesticas de la pieza.                                                                     Ahí sentado, estaba Enrique mirando cómo Saverio maltrataba a sus hijos, y exigía que cumpliesen con su trabajo. Humberto, el menor de los hermanos italianos, tomó el organito que el padre sostenía. Enrique fijo su vista en el instrumento pidiéndole a Saverio si podía hacerlo sonar con una dulce melodía. Sin problema alguno, le mostró al Discepolo menor la habilidad y experiencia que acompañaba a este organito.                                                                       Finalmente, la familia regresó de nuevo a la pieza convertida ahora en su hogar, y detrás de ellos, muy reflexivo se encontraba Enrique con un lento y cansino caminar a su casa para contarle a su hermano,  la experiencia con los nuevos vecinos.                                                                                                     Como  costumbre de todos los mediodías, Armando recién comenzaba a despertarse. Junto a su hermano menor, compartieron un almuerzo  donde Enrique le comento sobre la magnífica habilidad del padre italiano con su organito.                                                                                                                            Otra vez, como la tarde del día anterior, se oían los gritos violentos de esta familia extranjera, a diferencia que esta vez los hermanos gozaban del aire fresco del afuera con las ventanas abiertas.                                                                                                                                                               Esa tarde fue Enrique quien opto por recostarse en el viejo y húmedo catre, ya que se había levantado temprano buscando la inspiración que solía encontrarlo en esos viajes alrededor de la cotidianeidad del barrio.

Armando sentado en el piso del antiguo comedor, mirando por la ventana en el momento en que fue atraído por los gestos de maltrato de la familia vecina, y los gritos del padre que ordenaba a sus hijos:

–       Nicolás, Humberto!,  a laburare, filios!!!

Pasados unos minutos, la familia seguía con el mismo comportamiento, y Saverio ordenando que sus hijos le entreguen el dinero que habían conseguido del día anterior trabajando.                                                                                        La familia italiana, ignoraba la presencia invisible pero constante de  Discépolo que observaba diariamente  las reacciones de ellos en  cada discusión.

Pasado unos días, Enrique y Armando no tardaron en darse cuenta que estos extranjeros, rechazados por la sociedad porteña y completamente marginados y excluidos, ya sea por sus costumbres, por la forma grotesca de expresarse o simplemente por vestir y hablar distinto.

Una de esas mañanas en las que Enrique salía a  refrescarse alrededor de  la manzana de su humilde casa, se encontró en una la esquina con Saverio quien estaba con Felipe, el hombre de la orquesta y con Mamma Mia, cuñado de Saverio y compañero de trabajo de este, conversando  grotescamente como de costumbre.                                                                                                                                                       Sin prestar demasiada atención a esta familia, Enrique continúo con su lento caminar sin destino y oyó a Saverio pedir el dinero recaudado por Felipe. Este joven hombre hacía varios años que vivía en el mismo vecindario que los hermanos Discépolo. Felipe solía estar parado en la esquina concentrado en su orquesta por largo tiempo. Desde que Florinda había llegado al barrio, el hombre de la orquesta se había enamorado profundamente de ella y era capaz de ofrecer cualquier cosa con tal de ser reconocido por ella.  Es por eso que Saverio, padre interesado,  aprovechaba de sus buenas intenciones amorosas para explotarlo y aumentar la cantidad de dinero que juntaba diariamente.

Cansado de caminar, Enrique volvió a su casa  y su hermano estaba esperándolo para almorzar. Armando exclamó –Hace tanto tiempo que no escribimos juntos, ya es hora de compartir ideas y que salga algo lindo. Enrique, con una mirada de admiración contestó:

– Presiento que algo grandioso se aproxima…                                                                                    Con estas palabras, los hermanos estuvieron largo rato fumando y pensando la forma de comenzar su relato. Perdidos, miraban por la ventana, imaginando el inicio de una nueva obra.

Escuchaban los gritos de la familia italiana y esto nuevamente interrumpió el momento de inspiración de los hermanos. Era casi imposible lograr que el padre de familia italiana hablase a sus hijos sin insultarlos o agrediéndolos.

Septiembre fue un mes muy duro, pero a la vez muy rico en experiencias, los  hermanos Discépolo, empezaron el nuevo mes, entendiendo sobre qué tenían que hablar…

Los nuevos vecinos, esa grotesca familia italiana, en definitiva la experiencia vivida  en la cotidianeidad de sus vidas,  se convirtieron en su fuente de inspiración.

Martina D’Annunzio – Tandil 2011

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