Borges en Tandil, por Daniel Eduardo Pérez

 

Daniel Eduardo Pérez
Daniel Eduardo Pérez

BORGES EN TANDIL
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y falleció en Ginebra (Suiza) el 15 de junio de 1986.
Esos son los datos mínimos de una biografía interminable de uno de los más grandes escritores no sólo de habla hispana sino de la literatura universal, por lo cual escribir sobre Borges no es el tema de la nota, sino sus visitas a Tandil, aunque no podemos obviar algunos detalles sobre la vida de este genio.
Entroncado con ilustres familias argentinas de estirpe criolla, anglosajona y también portuguesa, descendía de militares que tuvieron activa participación en la Independencia, entre ellos a Narciso de Laprida y el coronel uruguayo Francisco Borges, abuelo paterno.
Su padre fue Jorge Guillermo Borges, un abogado nacido en Entre Ríos, ávido lector con aspiraciones literarias. En 1970, Borges lo recordaba con estas palabras: “Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música”. Su madre Leonor Acevedo Suárez, era uruguaya. Aprendió inglés de su marido y tradujo varias obras de esa lengua al español. En su casa se hablaba en ambas.
Cuando en 1946 Perón fue elegido presidente, Borges, que apoyó a la oposición, se manifestó abiertamente en contra del nuevo gobierno por lo cual su fama de antiperonista lo acompañó toda su vida. Siendo bibliotecario, renunció cuando fue designado “Inspector de mercados de aves de corral” por el gobierno…
Tras la llamada Revolución Libertadora que derrocó a Perón, Borges-ya ciego- fue elegido en 1955 director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupó durante 18 años. En diciembre de ese mismo año fue designado miembro de la Academia Argentina de Letras.
Se fue quedando ciego como consecuencia de la enfermedad congénita que lo afectaba, hasta que a los 55 años perdió su visión. Polémico y genial, sus posturas políticas le impidieron ganar el Nobel de Literatura al que fue candidato natural durante casi treinta años. .
El 21 de septiembre de 1967, a los 68 años, se casó por iglesia con Elsa Astete Millan, viuda de 57, una ex novia de su juventud. El matrimonio duró sólo tres años y se divorciaron en 1970.
En 1986 fijó su residencia en Ginebra, ciudad a la que lo unía un profundo amor y a la cual Borges había designado como “una de mis patrias”. El 26 de abril se casó-por poder- con María Kodama, según acta labrada en Colonia Rojas Silva, Paraguay. Kodama había nacido en Buenos Aires el 10 de marzo de 1937, hija de un sintoísta japonés descendiente de samuráis, químico y fotógrafo llamado Yosaburo Kodama y de la hija de un alemán y una católica española, la pianista Maria Antonia Schweitzer,
Don Jorge Luis murió el 14 de junio de 1986 víctima de un cáncer hepático y fue sepultado en la ciudad suiza de sus amores.
Este genio también estuvo en Tandil y dejó, en sus dos fugaces visitas, recuerdos que la historia tandilense hoy valora, tal vez como no lo valoró cuando estuvo…
La primera vez fue para participar en el Primer Encuentro de Escritores Argentinos con el Cine Nacional, evento que se desarrolló entre el 6 y el 9 de junio de 1968 y que coordinó la autora Perla de la Vega., organizado por la Subsecretaría de Cultura de la Provincia y la Dirección de Cultura Municipal.
Las variadas actividades incluyeron una Mesa Redonda en el Cine Avenida, integrada por los escritores Luisa Valenzuela, Ulises Petit de Murat, Eugenio Zappietro, Andrés R. Fustiñana y Pablo Palant ,con la presencia estelar de Borges, dado que primero se proyectó “ Hombre de la Esquina Rosada” dirigida por Rene Mugica, al cabo de lo cual Borges expresó que “Mugica había ido más allá de lo que él había imaginado” por lo que podía afirmar que “la película era mejor que el libro” –típico de Borges…
El sábado 8 de junio fue el turno del más esperado disertante. Borges llegó acompañado por su esposa Elsa Astete Millan y fue recibido en las escalinatas del Municipio por el intendente Victorio Mazzarol y el director de Cultura, Lauro Castorino. Presentado por de la Vega, habló desde las 18.45 en el Salón Blanco, a sala llena. Borges se refirió a sus obras “Hombre de la esquina rosada” y “La intrusa”, y sobre el cine dijo que su amistad “con el cinematógrafo databa del tiempo de los westerns de William Hart”,( William Surrey Hart -6 de diciembre de 1864 – 23 de junio de 1946- fue un actor, guionista, director y productor cinematográfico estadounidense, cuya actividad se desarrolló en el cine mudo.) .Del cambio al cine sonoro opinó: “Deploro el cambio, sobre todo porque el cinematógrafo es imagen exclusivamente “…
Esa misma noche, a las 24, regresó a Buenos Aires en un micro….
Al día siguiente todos los demás participantes, visitaron la redacción de Nueva Era y luego de asistir a una Misa en el Calvario, compartieron el cierre con un almuerzo en el Museo del Fuerte, luego del cual visitaron distintos paseos. Finalmente la jornada cerró con la proyección de “Martin Fierro” en el Avenida con intervención de U. P. de Murat., oportunidad en la que el escritor habló sobre Hernández., con lo que quedó concluido ese encuentro.
Al año siguiente, el 20 de diciembre de 1969, Borges regresó para hablar, en este caso, en el auditorio de Unión y Progreso de Villa Italia.
La conferencia fue organizada por la Comisión de Biblioteca y Cultura de la Sociedad de Fomento, integrando el III Ciclo Artístico Cultural de la entidad. Allí habló de “Poe y el género policial”. La crónica de Nueva Era comienza diciendo que Borges “desarrolló su tema con pausa, casi con desgano, que disimulaban su rica prosa, la erudición”. El resto de la crónica transcribe lo que dijo sobre Edgar Alan Poe.
De esa fecha es el delicioso testimonio de la amiga docente y poeta Marta Piñeiro de Conti, que deseamos compartir por su frescura. Marta dice de ese histórico acontecimiento:
“Fue aquél, un día glorioso para la gente de la Subcomisión de Cultura del club Unión y Progreso que integrábamos con mi esposo. Jorge Luis Borges, el mítico Jorge Luis Borges, llegaba a Tandil en el TASA, con su esposa reciente, para dar una conferencia en el club del barrio. Nuestro barrio. El club donde me enamoré del hombre más hermoso y leal del mundo. Pianista del Conjunto El Bagual. El club donde dejábamos las horas para engrandecer a la “villa” como podíamos.
Llegaba Borges después de muchos esfuerzos de Nacho Vincennau, secretario de la institución y promotor de todo cuanto tuviese que ver con la cultura, para que la conferencia sobre literatura inglesa, fuese allí, en el salón nuevo y no en un sitio céntrico al que algunos trasnochados consideraban más propicio para el ilustre visitante.
Llegó en tren y lo fueron a buscar a la estación don José Araya, presidente del Club en esa fecha y José Loustanau, folklorista que pertenecía a la comisión directiva, en un auto prestado. Luego sobrevino una batalla desigual para que no nos lo llevaran “para el centro”. Los “culturosos” del poblado no querían trasponer la avenida Del Valle y entrar a nuestro club porque “la villa” era “la villa” y había que saber cruzar el límite con hidalguía y salir intacto.
Al atardecer,-prosigue- mientras disfrutaba, el insigne poeta y cuentista, de nuestro nescafé batido y nuestra conversación marginal (para “los del centro”), caímos en la cuenta de que se lo querían llevar como fuera con el cuento de que la “villa” no era lugar para apreciar su sabiduría.
Establecimos una vigilancia dura apostando a los menos cultivados, pero con la camiseta del club puesta sobre la piel, (o tal vez era su propia piel), y dispuestos a hacer lo necesario para que nadie nos arrebatara la prestigiosa visita-nos dice Marta.
Cuando comenzó la conferencia alrededor de las ocho de la noche-recuerda- nunca habíamos visto tanta alhaja y tanta piel en el club del barrio. También habíamos tenido el cuidado de preparar a los más guapos para que vigilasen cada rincón y ningún desubicado osara hacerlo sentir incómodo, – relata Marta.
Luego testimonia:”Pero esta es otra historia. La nuestra, “la de Unión”, a pesar de que alguien escribe por allí que no era para alguien como Borges nuestro club y que hasta se sintió fuera de lugar, se lo escuchó en un silencio respetuoso e irreprochable y se lo aplaudió con la intensidad con que se aplaude a un ídolo.
Llegó la hora de llevarlo a cenar. El club no tenía un peso disponible y nosotros, mi marido y yo, contábamos con la solidaridad infinita de Haydée Santiago, que por esos días de la primavera del ’69, había comprado el restaurant Imperial con mucho sacrificio.
El club le pidió la gauchada de atender a Borges hasta que le pudieran pagar y como nosotros vivíamos en pensión con ella, tuvimos la gloria de cenar con Borges y con su esposa en aquel momento: la señora Astete Millán.
Haydée había preparado una mesa estupenda-describe-, como ella sabía hacerlo. Borges, del brazo de mi marido, hablaba y preguntaba sobre lo que le interesaba de la ciudad y se refería a los orígenes fortineros, mientras yo pensaba que de ese hombre ya anciano y de piel transparente me podía enamorar.
Era una persona fascinante. Borges estaba cómodo en el lugar y pidió textualmente: “Una montaña grande de arroz blanco, con un huevo frito arriba, en un huequito, y mucho queso de rallar”. Luego nos comenta:”. Borges, desde su oscuridad volvió a repetir dirigiéndose a José Antonio Conti, mi marido, que deseaba comer “Una montaña grande de arroz blanco, con un huevo frito arriba, en un huequito, y mucho queso de rallar.” Lo dijo sólo una vez más y Haydée se lo preparó.
Piñeiro relata asimismo un episodio referido a la presencia del Dr. Juan C. Tuculet, sus preguntas y las agudas respuestas del maestro que “contestó en el mismo tono manso (o indiferente) con que había contestado hasta ese momento…”.
Pero tres somos testigos de que esta es la verdad de ese día, en que Jorge Luis Borges estuvo en “Unión”-afirma.
Nadie lo llevó a pasear a ninguna parte porque lo cuidamos como leones. Sólo dio una charla previa para estudiantes, en la cocina de la biblioteca del club, que disfrutó como lo que era: un maestro.
Ya solos, mi marido, Borges y su esposa y quien escribe, el escritor habló tranquilo de ese mundo de prodigios que le permitía superar la ceguera. Nosotros dos lo escuchábamos. Pidió a mi marido que lo acompañase al baño. Yo hablé con su esposa de cómo le gustaba a ella hacer patchwork sin tener la más parda idea de qué me hablaba porque lo doméstico nunca fue mi virtud y transcurrió la noche hasta la hora de ir hasta la parada del micro unos minutos antes de la medianoche.
Envueltos en esa magia que tenía Borges cuando se encontraba con gente transparente, como éramos nosotros, todavía. Lectores incansables de su obra, recién casados, enamorados, ansiosos de disfrutar de la presencia de ese hombre al que no había que hacerle preguntas. Sólo había que escucharlo y se aprendía inevitablemente.
Se fue en el TASA de medianoche y sólo estábamos con él y su mujer: Pepe y yo.
Lo acompañamos hasta la parada, nos dijo que hacía tiempo que no estaba tan cómodo con alguien y yo sabía que se refería a José Antonio Conti, mi marido, hombre respetuoso y respetable si los hubo.
Y finaliza Marta: “Nos invitó a ir a su casa de Palermo a visitarlo. Sé que nos hubiera recibido encantado. Pero jamás nos atrevimos. Para nosotros Borges era Borges. Y no hay otra historia de esa noche. Sólo la generosidad de un grande para con dos jóvenes llenos de sueños que vivían en un barrio que se había vestido de fiesta para recibirlo”.
Por su parte el colega Elías El Hage, en “Gran Serrano”, recuerda anécdotas de esta visita relacionadas con el citado Dr. Tuculet, padre de su gran amigo Aníbal, ficcionando parte del relato del que se habla como si hubiese ocurrido en 1968 y no en 1969.
“El abogado, que era el corresponsal del diario La Prensa en Tandil,-dice el Hage- se lamentó de no tener lápiz ni papel para tomar apuntes de la charla”.
El 19 de octubre de 1991, invitada por el recordado Dr. Víctor Juan y el Club de Leones, visitó Tandil María Kodama, su viuda. En la oportunidad tuvimos la ocasión de entrevistarla en el que fuera el Grand Hotel. Con su voz suave y su figura rodeada de un hálito de sencillez oriental, Kodama dejó el testimonio de su vida ligada a Borges y –sin recordar o saber que él había estado por estos pagos-destacó la pasión borgeana por Buenos Aires, por las letras inglesas, las escandinavas y las orientales y esbozó una sonrisa cuando le preguntamos acerca del agudo ingenio de Borges y sus respuestas, pertenecientes ya a la leyenda. En ningún momento se puso en pose de viuda del gran escritor, sino en apasionada admiradora de su genio.
Así nos enteramos que “primero fue una relación maestro- discípula y siempre fue algo desenfadado, yo le hablaba de manera natural y espontánea, hasta me atrevía a discutirle sobre autores y asuntos que no podía sostener entonces. Pero a medida que le fui conociendo, a medida que fui descubriendo, digamos, sus misterios, el se divertía con mis ocurrencias y fue entendiendo mi carácter, nada obsecuente, como él mismo lo era, libre como un animal selvático, libre gracias a su genialidad… A su lado mi vida fue especial y maravillosa.”
Desde 1975 María Kodama acompañó al escritor en todos sus viajes al exterior y comenzó así a tener alguna presencia pública. A ella le gustaba compartir las anécdotas de esos viajes con la prensa; al leer sus testimonios, “uno se olvida de la edad de Borges en ese entonces, de su ceguera y de su estado de salud”.
¿Cómo era Borges? “Complejo e impredecible, de una inteligencia fascinante y una imaginación incontenible. Era genial en el sentido del creador, del poeta, porque además desde chico supo cual sería su destino, intuyó que a pesar de las vicisitudes y malas jugadas su destino era ser Borges. Era genial porque creó, a partir de esa insistencia en las múltiples variaciones que le sugería su saber del budismo, una prosodia y una sintaxis identificable para el siglo de Borges como Darío lo hizo para el XX, creó la nueva forma de narrar en español, algo que sin duda tiene un sustrato en su temprano conocimiento de varias lenguas en las cuales escribieron los grandes narradores de su tiempo que el divulgó en Buenos Aires durante los años de entreguerras. Borges era muy divertido, lleno de vida, con una enorme curiosidad por todo. Tengo maravillosos recuerdos de la complicidad que nos unía, más allá de los momentos muy importantes en los que me dictaba su obra.
Borges creía en el libre albedrío y así lo demostró a lo largo de su vida tomando las decisiones sin seguir a las mayorías ni a los poderosos. Ser libre para él era no traicionarse, ser uno mismo y eso le llevo a perder, incluso, el premio Nóbel…”.
No nos dijo nada nuevo, pero rescató la impronta de su obra universal. Ése era el Borges que estuvo en el Tandil…

El autor agradece a Marta Piñeiro y a Laura Rasquela por sus aportes.

Daniel Eduardo Pérez

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