Ojos que traicionan, Gustavo A. Martínez

Ojos que traicionan, Gustavo A. Martínez


2do. Premio NARRATIVA- Universo Yunque – 2008

 

                Abrazados y muertos de risa entraron a la parte trasera del prostíbulo. Terminada la farsa, sus gestos se volvieron duros y solemnes. Tenían que reorganizar la oposición, la resistencia,  y sentían que cada movimiento que realizaban era estrictamente vigilado. Estaban paranoicos y llenos de intranquilidad. El aguantadero de la negra Clara era cada vez más sospechoso, y personas muy ligadas a las autoridades oficiales habían comenzado a frecuentar el lugar más y más a menudo, y no por razones meramente carnales sino políticas, aunque a veces no es claro hasta que punto ambas se diferencian.

Ese día hicieron una reunión clandestina,  y acordaron que por un tiempo razonable no volverían a juntarse. Sin embargo, el resto del movimiento comisionó a Ramiro para que viajara hacia la ciudad más cercana para entrevistarse con sus pares, compañeros de ideales, por aquellos tiempos más organizados que ellos. Los efectos nefastos de la política llevada a cabo en la aldea de Juliana, el pueblo de Ramiro,  se estaban haciendo sentir, además, en todos los pueblos a la redonda. Era prioritario salir de la aldea y gestar aquel encuentro para planificar los movimientos por venir.

El puerto a orillas del río estaba cada vez más vigilado,  controlado y peligroso. Un registro exhaustivo de la gente que viajaba en las lanchas de pasajeros se convirtió en una pesadilla cotidiana. Una vez por semana pasaba el tren uniendo, como un rosario, todas las aldeas del distrito. Por tierra sería mas seguro. Recurrieron a los pocos fondos de la agrupación, asumiendo que buena parte de la estadía en la ciudad sería solventada por los anfitriones de la resistencia.  A través de una valla humana encabezada por la negra Clara, Ramiro se deslizó, furtivamente, casi gateando, por las escaleras del vagón hasta pararse justo frente al guarda del tren, nariz con nariz. El trabajador ferroviario dio un paso atrás, lo miró de arriba abajo y con un gesto cortés lo invitó a ubicarse en un asiento del lado de las ventanas. Ramiro se había infiltrado. Su respiración, lentamente, tomaba un ritmo normal y el sudor frío comenzaba a secarse en su camisa. Ésta delataba las circunstancias de un trabajador portuario.

Ramiro acomodó sus cosas y se sentó de lado, como para observar el paisaje de pastizales, médanos y arbustos, que tan poco acostumbrado estaba a ver por largos tramos, dadas sus escasas salidas de la aldea y su cercanía al río. Pronto el plácido vaivén del tren lo sorprendió entrecerrando los ojos en una suerte de bienestar y relajación que no duró mucho ya que rápidamente se encontró en la estación siguiente. Del tren no bajó un alma, pero subió un cuerpo, una mujer con un gran sombrero con tules y un vestido azul vaporoso, ojos violetas y labios color escarlata que dirigió su mirada hacia él, de izquierda a derecha, sosteniéndola por un instante. Ramiro pensó que había muerto. Pero de pronto sintió algo incontenible entre sus piernas. Molesto,  intentó cruzar una pierna por sobre la otra para disimular, pero un pellizco testicular lo paralizó por completo. Solo le faltó gritar. Tenía calor, un nudo en la garganta, otro en la boca del estómago y no podía parar de mirar a esa mujer que acomodaba sus cosas en el maletero.  Con un enérgico golpe de vista ella chequeó su número de boleto, lo miró, se acercó y se sentó junto a él. Por un momento Ramiro deseó que ella se bajara del tren cuanto antes, en la estación más próxima. Sentía que estaba sufriendo, a veces sucede cuando algo es tan hermoso.

Ramiro intentaba no mirarla. Apoyó su cabeza sobre la ventana y de a poco, con el vaivén del tren, una tensa calma se apoderó de su cuerpo y se adormeció. Un pequeño roce del brazo de ella sobre el suyo puso de nuevo todo su sistema en alerta: giraron sus cabezas y casi al unísono dijeron “perdón”.  Pero Ramiro la vio de frente, de cerca, y juró que jamás había visto una mujer tan hermosa. Habría dado cualquier cosa por saber qué pasaba por su cabeza, por conocer si alguna de sus miradas había tenido la intención de ir más allá de la mera curiosidad por el otro, aunque tal examen lo dejase sin chances para siempre. A simple vista eran, o venían, de vidas y mundos distintos; su ropa de trabajador portuario y  el delicado y fino atuendo de ella así lo anunciaban; delataban éstas diferencias que, en primera instancia, hacían pensar a Ramiro que cualquier novela gestándose en su mente era un imposible.

Intentando abstraerse de aquella situación, Ramiro volvió su cabeza hacia la ventana, en tanto ella sacaba de su bolso el periódico nacional, al cual Ramiro y sus compadres de la revolución tenían un acceso limitado, porque nunca llegaba a las aldeas pequeñas, porque a las autoridades locales no les convenía que llegase. Enviados desde la ciudad por sus pares, sólo unos pocos ejemplares eran repartidos secretamente entre los cabecillas del movimiento para ser sistemáticamente quemados luego de ser leídos.          Como siempre sucede en estos casos, mientras la mujer pasaba las hojas y se detenía sobre alguna de ellas, a Ramiro le fue imposible resistir la tentación de leer de reojo el periódico ajeno, sobre todo aquel, tan jugoso, como todo lo vedado, como todo lo prohibido. En una actitud no muy educada, displicente, se inclinó hacia atrás en el asiento, puso las palmas de sus manos con los dedos entrecruzados detrás de la nuca, estiró las piernas, una sobre la otra a la altura de sus zapatos, y se dispuso a leer, tranquilo, respirando hondo, profundo, quizás a sabiendas de que una vez de vuelta en Juliana esa literatura sería algo tan prohibido como valioso.

Ella repasó muy detalladamente la sección de modas, donde cada figurita era escrutada y exprimida al máximo, mientras Ramiro desviaba su mirada, apenas de costado, para apreciar también sus elegantes movimientos, su hermosura, y complacerse con el aroma que estimulaba sus sentidos haciendo que su pecho se expandiese. De pronto cayó en la cuenta de que sus reacciones, desde que la había visto entrar al vagón, no eran tan carnales, sino que la estaba disfrutando, en silencio, pero de otra forma. Lo estimulaba profundamente verla moverse, pasar una hoja tras otra, mientras se acomodaba el cabello, observar cuando inconscientemente sonreía, ajena, a lo que sucedía a su alrededor, sentir el ritmo pausado de su respiración e inhalar el aroma que exhalaba junto con ella. Ramiro siempre había disfrutado de las personas que emanan un olor tan propio, tan natural y hasta premonitorio del surgimiento de una futura pasión con límites insospechados.

La sección deportiva pasó, por supuesto, como una saeta, Ramiro ni llegó a verla, ni una foto, ni comentario, ni tabla de posiciones de la liga nacional. De modo que, una vez en la aldea, tendría que seguir conformándose con la información que daba diariamente su radio a transistores con su insufrible descarga. Se acomodó un poco sobre su asiento, le dolía el cuello de estar estirado hacia atrás;  ella giró apenas, él pensó que pretendía saber acerca de él, pero quién sabe, quizás fueran sólo sus deseos.

De pronto, en un despliegue casi mágico del periódico, se asoma la sección “Política de Estado”, en mayúsculas, un desvergonzado título que sólo mostraba los intereses de aquellos a quienes respondía el pasquín. Ahí sí, se acomodó de nuevo y rezó para que el cuerpo de la mujer se congelara por unos largos minutos en esas páginas, y abrió los ojos grandes y pestañeó varias veces para volverlos luego rasgados, casi felínicos, y agudizar su visión a distancia. Comenzó a leer detenidamente el título, saboreando cada palabra, aunque en realidad le repugnase. El encabezado de la sección se refería directamente al punto que había motivado su elección, dentro de las huestes de la resistencia de Juliana, para ese viaje a través del desierto. Difusamente, obnubilado, leyó palabras sueltas, desmantelamiento, represas, ex pescadores, corte de materias primas, de  suministros, mano de obra barata. No pudo comenzar a leer el contenido de la nota, con el título ya estaba asqueado. Casi tres siglos de tradición se verían derrotados por un lustro de políticas corruptas y vendepatrias. Casi tres siglos que Ramiro cargaba encima, dentro de su sangre, perderían su razón de ser, aquello que los dignificaba, lo que los hacía sentir lo que eran y de lo cual se enorgullecían. Pensó en su padre con ese periódico entre sus manos y supo por qué había muerto tan joven, en una incursión de pesca, a merced de un remolino de aguas turbias pero sanas, y no en el mismísimo lodo que los esperaba a todos. Pensó en sus abuelos, siempre juntos,  tirando su red desde la barcaza y amándose a escondidas en aquel pozón del río que durante años los satisfizo con cantidades enormes de peces, de alegría, de alimentos para sus hijos. Ramiro se alegró de que todos ellos ya no estuvieran en este mundo y esos trescientos años le pesaron tanto que, al final, a pesar de tanta estrategia, no pudo seguir leyendo. Sin embargo, tratando de poner la mente en blanco luego de tamaño pensamiento, trató de volver a concentrarse en la lectura del periódico en busca de esa valiosa información.

En completo estado de trance y a causa de su acercamiento extremo al papel escrito en letras diminutas,  Ramiro no se dio cuenta de que tenía su hombro pegado al de aquella dama que, con su cabeza girada hacia él  y con sus inmensos ojos violetas y en tono de sorna le dijo:

–          Hagamos una cosa, tómese todo el tiempo que necesite y cuando termine de leer la página me avisa, mientas tanto yo le sostengo el periódico, es un buen acuerdo, ¿no? A ver si le queda claro, vuelva a su asiento y hágase a la idea de que ni loca pienso prestarle siquiera la sección  “Avisos Fúnebres”.

Automáticamente, Ramiro salió de su estado catatónico, se sentó derecho en su asiento pero sin dejar de mirarla, pensó que era una de esas oportunidades imperdibles en las que desde la derrota misma uno sale vencedor y le dijo:

– “En principio, disculpe por importunarla, he sido muy descortés, pero tengo una idea mejor: hágame el favor de leer las noticias para Ud., yo esperaré pacientemente, y una vez que Ud. haya terminado, y ya que no me  prestará el periódico, no leeré las crónicas en el papel sino que las leeré en sus ojos mismos. Lamentablemente para Ud., esto me tomará más tiempo, pero podré verla frente a frente y así la satisfacción será por partida doble”.

Ella estaba roja de furia, pero Ramiro pudo ver en esa reacción a una persona con un temple y un coraje como pocas. Por un momento asumió que todo quedaría allí, pero de pronto sintió la voz  de ella, amenazante,  de nuevo sobre su costado:

-¿Así que Ud. es adivino de ojos? Bien, este tren me aburre, este diario también, así que juguemos. Voy a leer un párrafo al azar, cualquiera, y no muy largo para darle alguna oportunidad y ver qué pasa con sus sortilegios de brujo, porque estoy cansada de tanto hombre descortés, engreído e insensible.

Ramiro no tenía nada que perder. Por un momento pensó en retractarse y simplemente decir que había sido una broma de mal gusto  y que él de ninguna manera era uno de esos hombres que ella describía tan enojosamente. Pero todo indicaba que no había marcha atrás y, en verdad, nada lo excitaba más que poder llegar a algo con esa mujer que lo deslumbraba. Ella, en lugar de ofenderse por su accionar, parecía querer ponerlo a prueba. Pero… ¿cómo hacía? Años atrás, la negra Clara, en los ratos libres que la atención del  prostíbulo le dejaba, había comprado un curso de adivinación por correspondencia que consistía en lograr un estado de la mente tal que Ramiro no recordaba si era alfa, beta u otra extraña letra de un alfabeto antiguo. El asunto es que en las acaloradas reuniones clandestinas de la resistencia,  para descomprimir tanta tensión, la negra Clara, entre risas de descrédito,  practicaba sus artes de nigromante mirando profundamente  a los ojos de los disidentes allí reunidos. Tomaba una actitud muy relajada, entrecerraba los ojos y sonreía torciendo el cuello hacia un costado. De repente, para el asombro de los presentes,  salían de su boca aquellas ideas o palabras que el que estaba enfrente tenía en su mente. Era maravilloso, las personas no salían de su asombro, pero jamás le buscaron explicación por que provenía de ella, una persona cuya sensibilidad podía atravesar cualquier límite físico o mental. El caso es que, atento a este recuerdo,  Ramiro se acomodó en su asiento dejándose a la buena de Dios y le respondió:

–          Me parece justo, de modo que empecemos el juego.

Ella asintió con su cabeza, con un gesto rápido y seguro puso el periódico enfrente, se cercioró de que Ramiro no estuviese mirando de reojo y empezó a leer. Ramiro, por su parte, comenzó a respirar pausado sabiendo que ya estaba jugado hasta los cojones y que se enfrentaba a uno de los más grandes papelones de su vida. De repente la voz de la mujer  y un irónico “ya está” hicieron que se sobresaltara, había llegado el momento. Los dos giraron sobre sus asientos, se pusieron frente a frente y todas las poses, gestos y prácticas adivinatorias de la negra Clara se apoderaron del cuerpo de Ramiro. Empezó a relajarse, a concentrase y a pensar muy despacio y lento, apenas distraído de su trance por la belleza de ese rostro que ahora se encontraba a escasos diez centímetros del suyo. Los hombros se le caían, su cuello se vio vencido por el éxtasis y su cabeza se inclinó hacia su hombro derecho, y sonrió y sintió que todas las aperturas de su cuerpo y de su mente se volvían permeables, sensitivas, que podía sondear cada detalle, cada palabra, cada movimiento de los ojos de esa mujer que tenía frente a él. De pronto, acabado el ritual, con el rostro de ella casi encima, apenas desdibujado por una visión borrosa propia de los estados de trance,  soltó las siguientes palabras:

“….dice que el desguace de las factorías principales comenzaría en septiembre, más específicamente con el pueblo de Juliana, a juzgar por la escasa producción que las mismas tuvieron en el último semestre, que se prevé el traslado de pueblos enteros hacia otras áreas o sectores del río ya que buena parte de esas tierras serán inundadas con las represas y que a pesar de los inconvenientes esto traerá aparejado crecimiento y trabajo para toda la región…”

Ramiro no tuvo idea de por qué dijo lo que dijo, sólo lo asombró escuchar de su propia boca el nombre de su aldea, pero lo que veía más nítidamente eran unos ojos violetas y una boca carnosa, ahora a cinco centímetros de su cara que no terminaban de agrandarse y de repetir “no puede ser, no puede ser”, y de repente un par de manos tibias y suaves enderezaron su cuello, acariciaron su cara como si conocieran su topografía desde hacía siglos, la palparon como tratando de descubrir el secreto de Ramiro y finalmente hubo un beso que viajó, interminablemente genuino, entre lágrimas ajenas que mojaron sus pómulos. De repente, sus bocas se despegaron trabajosamente, casi sin quererlo, sus cuerpos fueron un tembladeral. Los ojos de ella, clavados, allí, en su cara, violetas, hermosos, y su boca que aún con cierta incredulidad suspiró un  “y al fin llegaste mi amor”.

Ramiro no podía pensar claramente, pero asintió sin dudas. – Aquí estoy, entonces, he llegado, lástima que en tus ojos leí el final de mi aldea -.

La ciudad no lo asombró tanto como él imaginaba, tampoco lo esperaban en el andén como le habían prometido, ella seguiría su viaje en ese tren, pero para él esa mujer nunca más volvería a ser la misma. Pensó que de la decepción no hay regreso posible.

 

Gustavo A. Martínez – Olavarría – 2008

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