Historia en dos momentos, de Norberto Salgueiro

HISTORIA EN DOS MOMENTOS, de Norberto Salgueiro


1er Premio NARRATIVA – Universo Yunque – 2009

PRIMER MOMENTO.- El maestro llegó eufórico a la escuela. Faltaba poco para el acto de Fin de Curso. Sabía que en aquel alejado paraje del distrito, a casi cien kilómetros de la ciudad cabecera, se creaba una gran expectativa en todo el vecindario, alimentada poco a poco por los comentarios crecientes de los niños, contagiados en su entusiasmo por el mismo docente.

Aspiró hondo la brisa mañanera. Habían quedado atrás las inclemencias del invierno y el sol primaveral lo recibía todos los días al llegar caminando desde el puesto de la estancia que le habían ofrecido como vivienda. A veces, esa misma brisa se aceleraba y se transformaba en viento persistente que levantaba estelas de polvo en el camino y agitaba las copas de los árboles. El sol brillaba en el cielo azul, invencible.

Giró la llave en la puerta de madera y entró al aula. Abrió enseguida las ventanas para que la luz lo invadiera todo y alejara algún fantasma  nocturno que podía haberse quedado enganchado en los estantes de la biblioteca. Sonrió. Qué sorpresa les daría a sus niños. La misma que él se había llevado al encontrar, revisando un viejo baúl, un libro que no sabía cómo había ido a parar allí. Se lo había comprado su abuelo en el año 1951, mucho antes de que él se recibiese en la Escuela Normal. ¿Por qué no estaba junto con los otros libros?. Lo sacó apresuradamente del portafolios y lo puso sobre el escritorio.

En ese m omento la puerta se abrió con mucha suavidad y aunque él le dabaq la espalda, ya sabía de quién se trataba.

-Pasá, Carlitos.

-Buen día, maestros. Aquí llegué.

-¿Ataste bien el caballo?

Carlitos sonrió.

-Si, maestro. Usted tiene miedo que se me escape como el otro día…

-Y, sí. Después es un problema para todos.-No sé qué le pasó al malacara. Aunque yo no lo ate, él me espera siempre. Pero el otro día no sé qué le pasó.

-La cuestión es que lo hayas atado bien. Vení, acercate. Mirá lo que tengo acá.

 

Sobre el escritorio lucía orgulloso el libro de tapas marrones, no muy atractivo en su apariencia, pero encerrando un tesoro que el maestro quería compartir.

-Mirá, Carlitos. “Diez obras de teatro para niños”.- Su dedo índice señaló las letras blanco amarillentas sobre un recuadro negro.

-¡Diez obras de teatro!.- Exclamó Carlitos.

-Si. No las vamos a hacer todas. Pero elegiremos las que más les guste a ustedes y ése será el número central de la Fiesta de Fin de año.

Carlitos pidió permiso para abrirlo y en la primera página del libro leyó: Alvaro Yunque. Diez obras de teatro para niños.

-Álvaro, no Alvaro. Álvaro Yunque.

-Maestro, ¡diez obras!.- Reiteró su asombro el pequeño.

-Si. Escuchá los títulos: Tres poetas y un  pan, El vestido nuevo,  Los libertadores, El perro atorrante, Cinco muchachos…

-Permiso…- Rosita empujó tímidamente la puerta de madera.

-Vení, Rosita. Mirá lo que tiene el maestro.

Y los tres rodearon el libro recorriendo con avidez sus páginas.

Poco a poco fueron llegando los demás. Eran quince niños que en bicicleta, la cabllo y en sulky, todas las mañanas transitaban varios kilómetros para descubrir en esa pequeña aula de adobe, diferentes mundos que el maestro preparaba para ellos. La primera sorpresa, a comienzos del año pasado, había sido la ampliación de las ventanas.

-Si usted se ocupa… Porque la Cooperadora no tiene plata.- Le había dicho el presidente de la Asociación. Y el humilde edificio ostentaba ahora dos grandes ventanas por las que se les entraba el paisaje, casi hasta ahogarlos de belleza natural. A partir de allí siempre hubo sorpresas. Algunas más imperceptibles. Otras, fuertes y ruidosas como la del libro de Álvaro Yunque que fue el centro del Acto de Fin de Curso de aquel Ciclo Lectivo. La obra teatral representada por los alumnos cautivó a todos, grandes y chicos, y dejó la impresión de que aquel año de 1969, un duende había pasado por la escuelita del Paraje ‘El Remanso’.

 

 

 

SEGUNDO MOMENTO.-  (Muchos años después)

 

La plaza central de la ciudad tiene en los meses de primavera un renacer sorprendente. Mientras la cruzaba el maestro pensó: “No puedo sacarme los lugares comunes que el trabajo escolar de tantos años ha metido en mí. ‘La primavera reverdece la plaza’ Reverdece la plaza o reverdece a la plaza. La primavera reverdece a…”

Sintió deseos de sentarse en uno de los bancos de  los senderos internos, que a esa hora de la siesta suelen estar desocupados. Otro lugar común: los jubilados y la plaza. Allí no era así. Podían encontrarse parejas, mujeres de todas las edades, jóvenes de ambos sexos… A la plaza la disfrutaban todos. Pero más tarde, a partir de las seis, más o menos. Miró en ambos sentidos: el sendero estaba totalmente desierto. Sólo un perro se asomaba detrás de un árbol, como esperando ver qué hacía él.

Cuando se sentó, el animal llegó hasta allí y se acomodó a sus pies como si respondiera a alguna conducta atávica, sin sospechar que al maestro nunca le habían gustado los perros. Distinto hubiera sido con un caballo. Sonrió. Hasta lo hubiera acariciado. Pero al perro, no.

Se quedó unos instantes con los ojos entrecerrados, aspiran do el perfume vegetal indefinido que se sentía desde allí. Cuando los abrió vio una figura caminando por el sendero, de cara a él. No entendió que atracción lo llevaba a observar a ese hombre alto, algo desgarbado, de pañuelo ancho al cuello, con una cabellera canosa que encuadraba un rostro casi enjuto. El hombre colocó una mano en  el bolsillo de su pilotín largo y pasó frente a él, respondiendo con una mirada fugaz. Segundos después abandonaba la plaza, cruzaba la calle y desaparecía tras la ochava  de la esquina.

El maestro reflexionó sobre aquella mirada. Eran ojos profundos pero de una desgarradora tristeza. Como la de alguien que no se resigna a ese atravesar la plaza en silencio, en pasos que parecen los últimos de la vida. Como la de alguien que lleva sobre sí un peso indescriptible de injusticia, que no lo carga de odio pero sí de rebeldía. Por momentos tuvo la certeza de conocerlo. ‘No es extraño’, se dijo. Aquí no somos tantos habitantes. No es raro cruzarse con rostros desconocidos y a la vez familiares. Pero era otra la sensación que lo invadía. Se puso de pie y caminó en la misma dirección del hombre del pañuelo al cuello con la esperanza de volver a encontrarlo y decirle: ‘discúlpeme, pero… ¿de dónde  nos conocemos?’

 

Ya no había nadie. Decidió regresar  a su casa porque el encuentro le había quitado los deseos de disfrutar el aire de la primavera.

Cuando entró fue directamente a la biblioteca y buscó una colección de fascículos de Historia de la Literatura Argentina que lo había acompañado en sus clases durante muchos años. Tenía una sospecha, ahora definida, y quería comprobarla. Abrió el capítulo dedicado a ‘Boedo y el tema social’, en la página 981… Al ver la fotografía del ángulo superior derecho sintió una angustia que le cerró la garganta. La sos pecha estaba confirmada: el hombre del pañuelo al cuello y de la cabellera blanca era Álvaro Yunque. Recordó un comentario desdibujado en el tiempo: “Galdolfi está en Tandil, no puede hablar, está silenciado, es un perseguido más…”

Recorrió con la mirada el estante de autores argentinos. Le pareció ver el rostro de Carlitos, de Rosita, de Nico, de Alicia, interrogándolo: ‘¿Cómo que no puede hablar, que está perseguido?. Álvaro Yunque es un escritor grande, de los grandes… ¿Cierto, maestro? ¿Cómo que tiene que estar escondido?…

Tomó tembloroso el viejo tomo de “Diez obras de teatro para niños”, lo apretó contra el pecho y, apoyado en los estantes, lloró el dolor ajeno de una vida injustamente silenciada.

 

Norberto Eduardo Salgueiro, Tandil 2008

Dejanos tu comentario