Sofía, de Gustavo Martínez


Sofía, de Gustavo Martínez


1er. Premio – NARRATIVA – Universo Soriano

El candelabro azul sobre su mesa de noche era el fiel testigo de sus jornadas de sufrimiento, de dolor, en las que la muerte rondaba presurosa alrededor de su cuerpo inmóvil, preso de los caprichos de sus músculos y de una mente inquieta. Los primeros destellos de luz se dejaban entrever a través de la pesada cortina amarilla, desgreñada y sucia, iluminando apenas el metálico respaldar de color oro bruñido. Así dispuesto, con un sólo movimiento de sus ojos, podía repasar sin esfuerzo la topografía de su inerte cuerpo y tomar conciencia de su estado de espanto, de espectro pleno de desesperación y rigidez. Ernesto se alarmó al darse cuenta de que hacia siglos que ni siquiera sentía ganas de penetrar un cuerpo ardiendo, sudando calenturas desbordadas de furia y pasión, con pieles prestas a erizarse por la lujuria que los amores nuevos imprimen a la carne. Él, que pensaba que estaba vivo, cayó en la cuenta de que sólo vegetaba y que su pobre cuerpo hacía un esfuerzo descomunal para convencerlo, a partir de sus síntomas, de que de no tomar cartas en el asunto se consumiría dentro de la inmunda catrera que, en otros tiempos, hubiese chirriado al compás del movimiento de unas caderas presurosas por alcanzar la completitud de un estado que se le negaba sistemáticamente y en cada momento, aquel que mostraba a las claras su particular decadencia. Eran los inequívocos síntomas, la desesperación, de aquel que creyó tenerlo todo.

Intentó girar sobre el lado de su corazón pero fue sorprendido por un vómito ácido que desde sus entrañas partió para estrellarse sobre el astillado piso de madera. La intranquilidad de su cuerpo y la premura de su corazón lo arrastraron a tirones hacia el borde mismo del espanto. Esforzándose, torció su rígido cuello y vio el charco de color verde que inundaba parte de su habitación. La visión le devolvió por un instante la cordura y pudo diagnosticar, para sí, el origen de su desvarío. ‑ Ahora sí lo se ‑ se repitió una y otra vez en voz baja, ‑ el verde es el color del miedo ‑.

Era difícil para un hombre al cual el sufrimiento no lo había tocado de lleno, sino tan sólo el poder, entender que existían nuevas relaciones causales en las cuales el miedo disparaba estados de desesperación, acunados desde la antigüedad en lo más profundo de su alma, prometiéndole, además, la muerte. Una súbita y violenta sensación de insatisfacción lo inundó de pánico mientras su conciencia le relataba los pormenores del terror. Sus ojos se volvieron amarillos y quebradizos, pronto no cupieron más arrugas en su rostro y su piel se resquebrajó. Sus dientes, desgastados por los años y la presión de las maxilas, adquirieron un tinte negro, violáceo, y la grasitud de sus cabellos se acumuló dentro de sus poros. Sus vértebras parecían estallar en cientos de pedazos y sintió cómo algo puntiagudo se clavaba entre sus costillas haciéndolo girar una vuelta completa sobre sí mismo. En ese momento un gigantesco calambre se apoderó de su lado izquierdo y lo paralizó por completo. – Otra vez mi cuerpo no es mi cuerpo y mi mente no es mi mente – afirmó Ernesto. -Sí, es la puta muerte una vez más- . Y como si ya no quedaran soluciones en el mundo se dejó a sí mismo, balbuceando:  ‑ Si tan sólo pudiera llorar, pero ya no me acuerdo, la última vez que lo hice fue el día de mi nacimiento -.

Dentro del mismo cuarto, Sofía apenas podía con la pesada puerta de roble que su padre había labrado para ellos, paciente y esmeradamente, como si fuese la última de su vida, cuando nada hacía suponer que la miseria, la traición y la infelicidad serían cosas de todos los días en aquel hogar donde la decrepitud de la carne iba en aumento. La mujer quería traspasar el dintel y escapar de una buena vez de aquellos ojos amarillos, turbios. La ilusión, una vez más, había enmascarado al verdadero sentimiento. – Yo me enamoré de un invento mío, de una creación mía, de un personaje que nunca existió realmente – reflexionaba Sofía. Sin embargo, aceptaba que de algún modo todas las personas creaban permanentemente aquello que más necesitaban. Lo que de ninguna manera aceptaba era que de una estocada certera y premeditada, Ernesto le hubiese robado los mejores años de su vida y lo que es peor, sus sueños. Con resignación reconocía que el proceso parece ser en todos los casos el mismo: una se enamora de un amante excelente, casi toca el cielo con las manos, y cree que esa virtud acarrea a todas las otras, a un marido intachable, a un padre como pocos, a un ser casi celestial e incorruptible. Cruzó sus brazos sobre la inmensidad de sus pechos, miró al cielorraso con tristeza, con impotencia, y a regañadientes murmuró en voz baja:  – Sí, fue un mal comienzo, debería haber visto desde el primer instante más allá de lo fálico, del deseo y la lujuria – .

Aún apoyada sobre la añeja puerta y con la mirada casi muerta de Ernesto clavada en su humanidad, la nostalgia le tendía sus mortales redes. Se imaginaba años atrás con su cabellera rubia, con sus ojos que exhalaban dentelladas de luz violeta, con su piel pasible de pulir las asperezas de lo burdo, con sus curvas armoniosas, voluptuosas, y con sus senos siempre apuntando al sol. Pero lo que más extrañaba era su corazón, que en otro tiempo estaba siempre dispuesto a galopar sin freno cuando una piel ajena activaba sus fluidos más internos, los encendía y les imprimía una velocidad que creaba torbellinos de excitación, casi perdía el sentido y, al borde del desmayo, repasaba una a una todas sus sensaciones para recrearlas hasta el infinito y volverlas presente. – Pero mi presente, – decía Sofía, – es una masa de huesos desconectados, los de Ernesto, tirados sobre el colchón húmedo, iluminados fantasmagóricamente por una tenue luz. Patético reemplazo: misericordia por amor. Sintió lástima de sí misma. De ese rostro hermoso de ayer lo único que quedaba eran sólo pómulos puntiagudos y las brasas de sus ojos apagándose, cegándose al contacto con lágrimas de bronca por sentir que la vida se le escurría surcando sus mejillas, fluía por el cauce de sus desgastados senos, por la planicie de su abdomen y se perdía, silenciosa, en el poblado valle de su pubis. – Pude tenerlo todo !. – pensaba Sofía – aunque en realidad pude ser feliz con muy poco – . Con el espectro de su marido enfrente, apenas respirando sobre la deshecha cama matrimonial que olía a sepulcro, Sofía se lamentaba, reprochándose una y otra vez, el descuido de no haber estado atenta a los designios de su corazón, que escupía las premoniciones más certeras para el asombro de sus sentidos dormidos, marchitos por la costumbre y el desencanto.

Todavía no había podido con la pesada puerta, cinchaba contra ella, los hombros le dolían de tanto empujar, de tanto forzar, y no lograba separar un milímetro las oxidadas bisagras. Y los ojos de Ernesto seguían allí, con sus pupilas clavadas en sus caderas. Sofía giró sobre su impotencia, se relajó, apoyó su espalda contra la puerta y dijo: ‑ Sí, es cierto, todo reproche es un anacronismo y corresponde al dominio del pasado. Ahora sólo me queda esperar que te mueras, total yo ya lo he perdido todo -.

En eso estaba cuando cuatro golpes del otro lado de la puerta fueron suficientes para que Sofía girase de nuevo sobre sí misma y abriera la puerta de un empujón, envalentonada por la complicidad de alguien que, desde afuera, había malolido la situación dentro del cuarto. El sol le cegó los ojos cuando la madera chirrió al compás de un corto vaivén, y Sofía distinguió entonces, apoyadas contra el mediodía de enero, tres siluetas duras, de roca sólida, que no aparentaban ser de este terruño. Desafiando al limbo de la sequedad y del aire ardiente que parecía crear un espejismo, la mujer se adelantó un paso y constató la realidad con sus dedos interpuestos entre la claridad y sus ojos. Olfateó el olor a monte, el olor a bestia hedionda y abominable que exhalaban las tres sombras. Cuando consiguió la perspectiva necesaria pudo recién distinguir las figuras de tres guerreros con su parafernalia bélica colgando de su cuerpo, como prolongaciones del mismo, como carne transmutada en acero roído por el paso de las guerras, por el paso de los cuerpos, por el paso de las vidas. Los sicarios, enviados por  la fracción opositora al régimen de Ernesto, habían llegado una vez más con el mismo propósito de antaño.

–          Mierda! – dijo Sofía – pero si había sido la mismísima basura personificada de carne humana !‑.

–          A Ud. nadie le faltó el respeto, Señora ‑ replicó el comandante Ramiro -, guerrero líder de la oposición.

–           – Respeto?. – respondió la mujer –  no señor, Usted se equivoca, el respeto no pasa por cuidar la forma de las palabras ni la de las expresiones más desafortunadas, ni por los gestos incrustados en las caras burdas. Sepa Señor que el respeto pasa por no cagarse en la vida ajena y Usted, dispuesto a estrangular gargantas infundiendo pánico, no tiene derecho a pedirme respeto. No sea idiota, comandante, que Usted sabe bien que su mejor arma no es la que cuelga de sus dedos, sino la de amedrentar a través del miedo, del horror, provocando sudores helados y apuñalando rodillas que tiemblan y rechinan patéticas ante la certeza del final -.

El comandante Ramiro y sus dos guerreros acompañantes seguían firmes, indómitos, pero algo se apagó en sus ojos. Parecían congelados por la cercanía del espanto. La convicción de Sofía los trasladó, en la vorágine de un viaje sin escalas, hacia el laberinto de sus propias crueldades y miserias y, desgarrando las telarañas de la sorpresa, el comandante preguntó:

– Donde está Ernesto de la Fuente?.

– Muriéndose de pesadumbre – respondió Sofía.

– Por qué?.

– Por la traición.

– Contra todo un pueblo, no?.

– No, comandante, contra su propia alma – remató Sofía.

Un viento helado, en pleno enero, atravesó la galería de chapa herrumbrada y se instaló, para siempre, en el corazón de aquellos hombres. Era el viento de la ironía, con ráfagas capaces de transmutar siglos de gloria en la más ordinaria, pálida y amarga decadencia.

Durante décadas Ernesto había ejercido un poder tan brutal y corrupto sobre el pueblo de Juliana, que varias generaciones acumularon toneladas de odio y rencor para con él y sus asociados de turno. A pesar del peso y la fortaleza de la tradición, sus sucesivos gobiernos corruptos habían logrado desmantelar a aquella aldea de pescadores, transformándola en una zona libre de contrabando, repleta de asesinos a sueldo destinados a acallar cualquier intento de restablecer la cotidianeidad ribereña.

– Dónde se metió ese maldito?! – ordenó el comandante Ramiro.

-Fue hasta el purgatorio, pero enseguida regresa – respondió Sofía –  aunque digan que en esos lugares uno queda para siempre en el limbo.

Las descargas se dejaron oír. Un guerrero fuera de quicio, repleto de ironía ajena, empezó a escupir ráfagas cerradas, millones de fogonazos interminables sobre las chapas de la galería. La sangre le chorreaba por las comisuras de los labios mordidos por la calentura. El hombre siguió convidándole plomo a las pocas gallinas que hacían la siesta del martes en los pocos palos del gallinero, junto con los pavos y las palomas ocasionales que siempre bajaban a rapiñar un poco de maíz. En el desbande, un tiro dio de lleno en la pata del galgo flaco de Ernesto, que se estaba masturbando contra la botamanga del pantalón de combate azul del guerrero restante, que miraba a lo lejos, como ajeno a los detalles de aquel desastre. Luego, el guerrero exaltado rompió a culatazos todos los vidrios de las ventanas, rompió la bomba que escupió una bocanada de agua que le dio en el mentón y lo sentó de culo en el medio del barro podrido, donde los cerdos que se habían salvado de la masacre se juntaron para besarle las partes. Dentelladas de furia emanaban de los ojos rasgados del guerrero, su boca destilaba una baba espesa y los parietales le ardían. La rigidez de sus piernas fue el síntoma que le informó acerca de su lamentable estado de locura y se arrancó los pelos de a uno, rodeado por los cerdos y sumergido en el propio barro de su ridiculez andante.

Sofía, a escasos metros de Ramiro, y ahora más desafiante que nunca, repasó lentamente, uno por uno, todos los destrozos. Su vista iba y venía armoniosamente por la apesadumbrada apariencia de su hogar. Caminó lento hacia la ventana de su dormitorio y vio allí tirado en el catre a Ernesto, que respiraba porque era gratis. Luego giró, sonrió, miró a los guerreros y dijo: – Hasta en este estado de espanto no deja de darme problemas. Yo no sé qué sucede allá arriba, pero a este hijo de puta no lo quiere ni Dios, es tan renegado que ni lo celestial lo atrae – .

Al cabo de un rato, aunque un siglo hubiese sido lo mismo, todos estaban como si nada hubiese sucedido, salvo por el barro que empezaba a secarse y a cuartearse sobre el lienzo de la ropa de combate del guerrero perturbado. Con una semisonrisa pretendía ocultar la sensación de ridículo, esa sensación de hombre grande al que el destino sorprendió buscando su propio tiempo, ese que siempre se encuentra en el pasado y estará para siempre perdido, por la sencilla razón de que la circularidad no existe y los espirales abundan, donde cada punto es irrepetible.

Sofía puso la palma de las manos sobre la zona del ciático, apuntó al norte con el pubis y balanceándose sobre sí con una mueca burlona preguntó: – Si a los señores no les parece mal, y después del destrozo que causaron, podríamos recomenzar este encuentro poniendo en claro que los trae por acá – . Sofía cruzó las piernas, sentada en un banquito de mimbre que encontró en las cercanías, y se dedicó a indagar profundo, a llegar cuanto más lejos pudo dentro de los tres pares de ojos que tenía enfrente.

Súbitamente, una voz estentórea rompió la tensa quietud del mediodía. – Ud. sabe perfectamente lo que buscamos  – afirmó Ramiro – nuestra misión es terminar con la tarea comenzada por generaciones de hombres de bien que a causa de su marido se corrompieron hasta la médula. No sé si la muerte de Ernesto valga la pena, pero siempre se termina con aquello que ha sido empezado – . Ramiro se recostó sobre el fusil, con postura de suficiencia, y dejó bien claro a Sofía que Ernesto fue y sería, siempre, el más frenético traidor, un cobarde que arruinó las vidas de los trabajadores portuarios de Juliana, el que malvendió la paz de las aguas rojas que alimentaban al pueblo desde siempre. Ya no importaban sus actitudes, ni sus ideas, ni siquiera importaba si podía cargar con un arma o no. – La generación de mi abuelo, y mi abuelo mismo entre ellos – dijo Ramiro -, se hartó de planear las formas más inimaginables de muerte para él -. Todas fueron en vano. Cada madrugada, cada mediodía y cada noche de cada martes desde hacía casi 100 años, el intento de asesinato fracasaba y la celeridad de la muerte resbalaba por el cuerpo de Ernesto como insectos envueltos en resina, como el aceite de la maldita sartén donde se cocinan sin recetas las direcciones que toman los destinos de los hombres. – Luego vino mi padre –prosiguió Ramiro -, una persona de bien, íntegra, que gracias a la traición de Ernesto se volvió un déspota de corazón metálico, que se transformó en uno de esos seres que cuando mutan ya no sienten el letargo aplacador de un estímulo de ternura, ni por su propia carne, ni por sus hijos. Porque la venganza no consumada no tiene dimensiones una vez instalada en los serpentiformes vericuetos de la mente. Porque la sensación de insatisfacción que produce aquello no acabado, en definitiva, sólo se aprecia en la propia frustración de un espíritu que no tiene paz, pero tampoco conoce la acidez de la guerra. Mi padre y mi abuelo me deben la vida, porque vivir para terminar con una anacrónica tarea comenzada por ellos, es un total y absurdo despropósito. Y acá estoy – continuó Ramiro- , acá me tiene, de nuevo un martes, varios años más tarde intentando matar a un muerto, sólo por los infranqueables designios del destino, sólo por esa fuerza teleológica del cosmos que nos encauza milimétricamente en sus soberbios caminos ya trazados, a lo sumo desviados por imponderables que dilatan lo que ya está escrito, aquello que Dios, soberbio y sin límites, preparó para cada uno de nosotros. Déjeme decirle algo Sofía- agregó Ramiro- siempre soñé con lo eterno, pero no como una suerte de permanencia infinita, sino como una forma de morirme tranquilo, en paz, a sabiendas de que dejé sobre este suelo lo mejor de mí. Es por eso que lo eterno no es cuestión de largos tiempos abismales, sino de un momento, de un punto que cobra una única dimensión en el espacio, donde el hombre siente que su completitud es tan abrasadora que el cuerpo le queda chico y el alma se escapa por cada uno de sus poros. Y mire lo que estoy haciendo, transformé mis sueños de eternidad en una insignificante venganza para con un hombre que ni siquiera vale la pena. Pero que quede claro que esto no depende de Ernesto, ni de mis antepasados, ni de coyunturas históricas específicas. Si hoy estoy aquí es porque elegí así desperdiciar lo mejor de mí, aquello que, paradójicamente, quería que quedase para mis hijos como una fuerza directriz, como un posible camino para que ellos, al menos, transitaran fluidamente por la cornisa del bien y del mal tomando decisiones propias, no heredadas. Obviamente, lo único que les dejaré es una infinita vergüenza producto de la inconsistencia entre mi filosofía y mis actitudes. Espero sepan comprender y me juzguen lo más benévolamente posible porque a mí esto ya se me fue de las manos. Y así es que el cielo decidió que su marido muriera un martes, pero no por meras supersticiones, sino por que no existe en todo el universo un punto en el tiempo más propicio para que el soberbio corazón de ese insano pare de latir de una buena vez- concluyó Ramiro.

Sofía escuchó atenta, en parte deslumbrada por la claridad de Ramiro, en parte entristecida por la carencia de opciones que el hombre se había impuesto y en parte socorrida por su desbocado corazón, que luego de haber estado muerto resucitaba, sentía y emanaba sensaciones al resto del cuerpo, estímulos que había creído perdidos, amputados, atrofiados. Intentaba, con grandes esfuerzos, no doblegarse y hacer evidentes sus emociones renacidas a partir del elocuente y coherente discurso del aquel hombre minúsculo, perdido bajo un inmenso sombrero de ala ancha. La mujer puso sus ojos en el horizonte, allá contra el río, como buscando palabras de otro tiempo, pero sólo encontró las de ahora, las más crueles, y sus ojos se llenaron de júbilo por que se dio cuenta de que sí, de que al final el cielo tenia razón y de que de una buena vez, por toda la eternidad, se lo iba a sacar de encima, a ese, al más adorado, al más querido, a aquel a quien por primera vez entre sus piernas le había jurado que viviría esperándolo húmeda de pasión, al que cada mañana estrujaría de amor devorándolo de a pedazos. Sofía levantó las cejas, amenazante y con una voz arraigada en sus genitales dijo:   ‑ Está bien, mátelo, realice el sueño de sus antepasados, pero apúntele bien por que si se muere mal luego yo me encargaré de Usted y le juro que barata no la va a sacar ‑.

Ramiro no entendió nada, pero el visto bueno de la mujer apuntaló sus intenciones, pidió permiso y fusil en mano caminó para la pieza de donde salía un tufo de muerte. No pudo evitar recordar a su abuelo y a su padre, quienes habían engendrado en él un odio de cada día, una apesadumbrada obsesión de cada noche y el insomnio de cada siesta bajo el sauce de su casa, donde cada historia de guerra lo programaba hasta las entrañas para el oficio de quitar la vida de otros, de despojar de sueños e ilusiones y de ultrajar el cuerpo. Pero este caso era especial, era el sueño de tres generaciones que durante años había madurado al calor de un rencor de solsticios interminables que le machacaban las sienes con sonidos de herrería e imprimían a su sangre una velocidad que quemaba sus venas. Ramiro cruzó el dintel de la puerta, sus botas se pararon en posición de firme, y sólo fueron sus botas porque sus piernas eran de otro. Un frío eterno se instalo entre sus dedos entumecidos por la adrenalina. Dirigió sus ahora melancólicos ojos al catre y pensó: – Matar a un muerto, que estupidez -.

Los ojos amarillos y secos del viejo Ernesto se clavaron, como un acero frío, entre los ojos del guerrero. Ramiro quiso huir, pero levantó el arma, quiso gritar, pero tragó saliva, quiso odiarlo, pero no pudo: – Justo ahora que lo tengo todo  ‑ pensó – no me importa un carajo de este asunto -. Cuando de terco nomás se decidió a apretar el gatillo un estruendo de castillos derrumbados lo hizo estremecer. Perdía el conocimiento, como si un ataque de epilepsia aletargara sus sentidos. Ese ruido ensordecedor era su propio nombre que, gritado con desesperación por Sofía, había impactado con la intensidad de una roca en el centro de su nuca. Mutilada por la sorpresa, la boca de Sofía apenas entreabierta sonrió y alcanzó a murmurar: -No importa, está bien, si de todos modos nunca sabré si te quiero o quiero quererte -.

Hoy ya no queda casi nada de Juliana, sólo un puerto deshecho, unas pocas casas desmanteladas, barcos semihundidos, algunos perros flacos husmeando entre los escombros y los desperdicios. El río sigue tan rojo como siempre. Paradójicamente, la parte del pueblo que parece más viva es el cementerio. Sobre la entrada, doblando a la derecha y siguiendo un camino bordeado por flores de plástico se encuentra una tumba quemada que se distingue de las demás. En un resquicio de mármol incinerado aún puede leerse “Aquí yace Ernesto de la Fuente, muerto, muy a pesar suyo, de muerte natural, el día martes 29 de Febrero de 1945.”

 

Gustavo A. Martínez – Olavarría 2007

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